Nombrar, resistir y sonar: “Música urbana” en Latinoamérica

Hay mucha creatividad, y eso hay que decirlo sin rodeos. Una creatividad que hoy está marcando lo “urbano”, musicalmente hablando, creatividad que, además, camina de la mano de la resistencia: la de habitar espacios que no siempre son masivos, aunque, claro, no estaría mal llegar a serlo.

Hace unos días, en la previa del Súper Tazón, cuando Ketzalli Rosas de Distintas Latitudes me encomendó escribir este texto, mi primera idea fue enfocarme en la controversia que se ha reactivado en territorio gringo alrededor del término “música urbana”. Pensaba abordarlo como una crítica frente a un concepto que, desde hace años, genera más ruido que consensos. Pero el panorama cambió por completo cuando vi a Benito Antonio Martínez Ocasio, más conocido como Bad Bunny, liderando el espectáculo de medio tiempo.

Algo dentro de mí hizo click. Se movió. Se reacomodó. El ser latino pasó al primer plano. Pensé que Shakira ‘gateó’, de forma simbólica, para que Bad Bunny caminara en uno de los eventos más importantes de un país que hoy tiene como presidente a Donald Trump (y todo lo que su figura representa). Porque hacer “música urbana”, donde se ubica, muchas veces de manera injusta, solo al reggaetón, no significa lo mismo en Estados Unidos que en Latinoamérica. 

Por eso, vale la pena detenernos y mirar con más atención lo que está pasando con la llamada “música urbana” en este lado del charco. 

Hay mucha creatividad, y eso hay que decirlo sin rodeos. Una creatividad que hoy está marcando lo “urbano”, musicalmente hablando, creatividad que, además, camina de la mano de la resistencia: la de habitar espacios que no siempre son masivos, aunque, claro, no estaría mal llegar a serlo.

Hablar de urbano también implica hablar de un término equivocado (por eso en este texto aparece entre comillas) y de la costumbre de no nombrar cada fenómeno musical, o cada género, por el nombre con el que se construyó. Eso lo iremos desglosando más adelante. Urbano, claro está, es también hablar principalmente de reggaetón y de sus múltiples cruces con ritmos y géneros tradicionales. Y, finalmente, es entender un fenómeno cultural del que no hay país latinoamericano que quede fuera: formas de hacer música, de vestir, de producir cultura, de festivales y premiaciones. 

No es una moda pasajera. Y es necesario entenderlo, incluso, y sobre todo, si no te gusta. 

Hay que separar términos y llamar a las cosas por su nombre. No es lo mismo hablar de “música urbana” en Estados Unidos que en Latinoamérica. Así como tampoco es lo mismo hablar de “música urbana” en los años setenta que hacerlo hoy. Incluso, sin irnos tan lejos, en la década del 2010 el significado ya era otro. 

En Estados Unidos, el término agrupa estilos musicales que comparten un origen contracultural y underground, algo especialmente visible en los años setenta, cuando, en pleno auge de los movimientos contraculturales, surgieron agrupaciones y artistas con letras reivindicativas e incluso “provocadoras” para el establishment. 

La llamada “música urbana” proviene de barrios populares o de personas que crecieron en contextos de pocos recursos. Surge, en parte, como respuesta al auge de la música disco y como una forma de identidad, particularmente dentro de la comunidad afroamericana. Fue en la radio donde el DJ Frankie Crocker, en Nueva York, en 1964, utilizó el término urban para agrupar música con raíces afrodescendientes como el soul, el R&B, el funk o el hip hop funcionando como un sinónimo de black music. 

Ya en los años ochenta, el formato radial Urban Contemporary apareció con un objetivo claro: atraer anunciantes que asumían que la llamada “radio negra” no llegaría a una audiencia amplia. En síntesis, “música urbana” se convirtió en un término “digerible” para la industria musical, en lugar de nombrar al soul, al R&B, al funk o al hip hop por sus nombres propios. 

En Latinoamérica, el reggaetón fue, y sigue siendo, el estandarte principal de lo que hoy se agrupa bajo la etiqueta de “música urbana”. Sus raíces están en el reggae y el dancehall de Jamaica. Nació en Panamá, pero su gran explosión ocurrió en Puerto Rico durante la década de los ochenta, en la calle, lejos de los reflectores. En sus inicios, sus principales exponentes fueron artistas afrodescendientes. A ello se sumó la influencia del hip hop, incorporada por comunidades puertorriqueñas migrantes en Estados Unidos, que terminó de darle el impulso definitivo. 

Con figuras clave como El General, DJ Playero o Vico C asentando las bases durante los noventa y con el impacto masivo de “Gasolina” de Daddy Yankee en los 2000, el reggaetón dejó de ser un fenómeno local. Entre 2003 y 2005, medios internacionales como The New York Times o The Washington Post empezaron a nombrarlo como lo que era: reggaetón. Sin embargo, aquí aparece una coincidencia inquietante con el caso estadounidense: sellos discográficos y medios comenzaron a clasificarlo como “género urbano”, una categoría que funcionaba para tomar control del mercado y que, queriéndolo o no, lo fue alejando de sus raíces afrodescendientes. 

A esto se suma un factor no menor: durante años, gran parte de la sociedad latinoamericana miró, y en algunos casos aún mira, al reggaetón con desdén. Se le asoció con “clases bajas” y con el “mal gusto”, hasta antes de su explosión comercial global, que se consolidó a inicios de la década del 2010.

La fuerte presencia del reggaetón dentro de la llamada “música urbana” abrió la puerta, desde 2010, a artistas con una marcada disposición a la fusión. Propuestas que comenzaron a experimentar con elementos del reggaetón y con el uso intensivo de la tecnología, como samples o autotune (muchas veces llevados al exceso a propósito). Entre 2010 y 2014, este cruce se tradujo en éxitos globales como “Bailando” de Gente de Zona o “Danza Kuduro” de Don Omar y en la segunda mitad de la década con “Despacito» de Luis Fonsi y Daddy Yankee, canción que, incluso, tuvo un remix junto al canadiense Justin Bieber. 

Estos ejemplos dejan algo claro: la “música urbana” no tiene un país fijo de origen ni de pertenencia. En ese mapa cambiante, Colombia, y en particular ciudades como Medellín, se vuelven un eje clave en la exportación de artistas y en la formación de productores que absorben, reinterpretan y lideran los ritmos urbanos. Por ello, no es casual que hoy se hable de Medellín como la capital mundial del reggaetón.

Pero reducir la “música urbana” latinoamericana solo al reggaetón sería quedarse corto. El hip hop, dembow, dancehall, trap, rap, raggamuffin, pop urbano y latin pop también forman parte de esta etiqueta. No son géneros excluyentes entre sí: dialogan, se mezclan, se cruzan entre ellos mismos y con otros géneros fuera del movimiento musical, incorporando recursos musicales de distintas escenas y artistas. A este ecosistema se suman expresiones más recientes como el neo perreo o el future trap, que comenzaron a consolidarse a partir de la segunda mitad de la década de los 2010. En otras palabras: hay movimiento, hay mutación constante y hay creatividad.

*La lista puede extenderse y/o variar

Hoy, la “música urbana” domina listas regionales y mantiene una presencia sólida a nivel global. Un dato basta para dimensionarlo: Bad Bunny se convirtió en el artista más escuchado del mundo en Spotify en 2025, con 90.5 millones de oyentes mensuales, según Music Metrics Vault, superando a figuras como Beyoncé o Taylor Swift. Vale resaltar que, actualmente, la música latina representa cerca de una cuarta parte de la escucha total de la plataforma. Billboard, además, no dudó en calificar al puertorriqueño, exponente del reggaetón, como la mayor “estrella pop” del último año, lo cual demuestra que lo urbano es trasversal y no se queda en un solo género. 

Detrás de Bad Bunny, Spotify posiciona a otros artistas del reggaetón entre los más escuchados a nivel mundial: Ozuna (51.3 millones), Rauw Alejandro (50.3 millones) y Karol G (49.5 millones). El reggaetón, una vez más, funciona como materia prima y columna vertebral para la “música urbana” hecha en la región. 

En Apple Music, por su parte, el hip hop, otro de los géneros que integran la “música urbana”, fue el más escuchado a nivel global en 2025, liderado por el estadounidense Tyler The Creator, quien acumuló más de 4.500 millones de minutos de reproducción entre noviembre de 2024 y octubre de 2025, según la misma plataforma.

La presencia de la “música urbana” no se limita al streaming. También se manifiesta con fuerza en el mundo físico, a través de festivales y premiaciones. Si nos centramos en la producción latinoamericana, el Flow Fest, que se realiza cada noviembre en Ciudad de México, es considerado el festival de reggaetón más grande del mundo. Por sus escenarios han pasado desde Don Omar, Wisin y Yandel hasta exponentes más recientes como Nicki Nicole, Álvaro Díaz o Bad Gyal. 

Lima no se queda atrás. El Reggaetón Lima Festival ya suma seis ediciones exitosas, con nombres como Tego Calderón, Anuel AA, Natti Natasha o Ivy Queen en su historial. En Estados Unidos, festivales como Sueños, realizado cada mayo en Chicago, apuestan por un line up centrado en artistas latinos, mayoritariamente urbanos, al igual que el Baja Beach Festival, en Baja California, México. 

A esto se suman premiaciones que han terminado por abrazar lo urbano: Premios Tu Música Urbano, los Latin Grammy, Premios Lo Nuestro o los Latin American Music Awards (Latin AMA) confirman que la “música urbana” ya no es un margen, sino parte central de la industria musical contemporánea. 

 

¿Qué pasaría si le sumamos resistencia? 

Hace tiempo que el reggaetón dejó de ser un género creado exclusivamente por artistas afrodescendientes o un canal para amplificar, de manera directa, la voz de las clases populares. Se volvió industria. Se volvió mercado. Se volvió global. Pero eso no significa que sus recursos musicales hayan perdido la capacidad de articular resistencias. Simplemente, estas ahora se expresan desde otros frentes. 

Y es desde ahí que se construye este especial de Distintas Latitudes. Aquí, querido lector, vas a encontrar trabajos que comparten ese pulso, ese sentir urbano: el de la urbe, la ciudad, con sus códigos antiguos y emergentes, sus identidades heredadas y en transformación y sus formas de habitar el mundo, y de traducirlo en música. 

Los recorridos son diversos. Van desde los corridos tumbados, que mutaron de los relatos de conflictos armados del siglo XIX a voces contemporáneas como Natanael Cano o Peso Pluma, hasta el raptor house, con bajos saturados, electrónica de raíz europea y guiños a ritmos africanos, un sonido que hoy busca reforzar la identidad nacional entre comunidades migrantes venezolanas alrededor del mundo. También aparece una nueva generación de cantautores colombianos que, tomando como punto de partida la música tradicional de su país, comenzó a crear a partir de las protestas sociales de inicios de la década del 2020, reivindicando la autenticidad y la cercanía con el público como ejes centrales.

Nombrar las cosas por su nombre importa. Y eso es lo que hacen estos textos: definir cada fenómeno sin diluirlo, entendiendo a la “música urbana” como un movimiento que los atraviesa y los impulsa, pero sin borrar sus particularidades. Al mismo tiempo, se reivindica una latinidad que, por vivirla cotidianamente, muchas veces pasa desapercibida, pero que resulta ser exquisita. Normalizamos incluso el gesto de tomar un instrumento local y hacerlo sonar, más allá de las etiquetas o tendencias que las corporaciones y, el propio sistema, intentan imponer.

En un mundo cada vez más globalizado, no olvidar de dónde se viene deja de ser nostalgia y se convierte en una dirección clara: una postura y una forma de estar y de sonar en el mundo.

¿Qué canciones en español alcanzaron el #1 en el Billboard Hot 100?

"DtMF" de Bad Bunny es la segunda canción de música urbana en español en alcanzar el número uno en la lista de éxitos de EE.UU. desde 1958. En total, solo cuatro canciones en español han llegado a esa posición; dos pertenecen a la música urbana.
"DtMF" de Bad Bunny es la segunda canción de música urbana en español en alcanzar el número uno en la lista de éxitos de EE.UU. desde 1958. En total, solo cuatro canciones en español han llegado a esa posición; dos pertenecen a la música urbana.

Presentan

La 9na generación de la Red LATAM de Jóvenes Periodistas y Distintas Latitudes

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