“Es como si el mundo quisiera que haya pasado esto”, recuerda Renata Flores desde Ayacucho, Perú. Apenas una semana atrás había estado frente a miles de asistentes en el Hollywood Bowl (un anfiteatro en Los Ángeles con capacidad para 17 mil personas) cantando en español y quechua. Era una de las invitadas del canadiense Shawn Mendes, quien días atrás había creado un grupo de WhatsApp con ella y el músico mexicano Xiutezcatzl. Quería que cantaran su sencillo ‘Sígueme’ en su concierto.
La multitud de estadounidenses aplaudiéndola, Mendes tocando la guitarra a su lado y hasta las mismas instalaciones del Hollywood Bowl: todo era nuevo para Renata aquel 17 de octubre. “La profecía se cumple: el cóndor desde el sur, el águila del norte”, gritaron a dueto el mexicano y la peruana, sosteniendo el verso de su canción en medio de la noche bulliciosa y lejana. Ella nunca había estado en un escenario de esa magnitud, pero no perdió el desenvolvimiento escénico ni la fuerza del rap que la han acompañado desde sus primeros conciertos en la sierra del Perú.
“La identidad andina, la identidad quechua y de varias culturas se está haciendo más visible, ¿no?”, reflexiona en su hogar. Aún no abandona la emoción de quien se siente realizada y no lo procesa del todo. Y es que las líneas exclamadas en el anfiteatro son solo el paso más reciente, la más nueva conquista de una larga búsqueda musical por reivindicar su cultura. Renata no está sola en este objetivo: de manera espontánea, y hasta sintomática, lo comparte con otros jóvenes que definen un nuevo sonido del pop andino.
En los últimos años, en el Perú, han aparecido diversos artistas con esta propuesta que han obtenido cierta visibilidad. Renata se ha inclinado más hacia un estilo de hip hop o rap en quechua, y con instrumentos y melodías típicas de la sierra. Pero el abanico es amplio: desde Milena Warthon, que brilló en Viña del Mar en 2023, hasta Lenin Tamayo, un artista de k-pop en quechua que ha firmado con el mismo sello que la boyband BTS.
Esta búsqueda por reivindicar el folclore con la fusión, la cual se está produciendo en varios países de Latinoamérica, responde también a un trasfondo social, político y cultural. “Tengo muchos amigos que ya no están aquí (Ayacucho). Van a la capital, estudian allá. Al tiempo los veo y ya tienen otras costumbres, han cambiado completamente”, confiesa Renata Flores.
La impresión de la cantante ayacuchana es, más bien, una problemática largamente documentada. Según el Instituto Nacional de Estadística del Perú, más de 370 mil personas salieron de Ayacucho para vivir en otros departamentos hasta el 2015. Es casi la mitad de su población actual. Pero no es un caso aislado: hay al menos 10 regiones que también son consideradas como “expulsor de población” (es decir, de donde emigra una gran masa).
Millones de peruanos han tenido que migrar internamente. La mayoría de ellos, a Lima, la capital. Y en ese transcurso, algunas costumbres fueron dejadas de lado.
La historia de Lenin Tamayo, el creador del q-pop (k-pop en quechua y con sonoridades andinas) se remonta a la historia de Yolanda Pinares, su madre, también cantante. Y la historia de Yolanda está marcada fuertemente por la migración.
“En mi mente, yo construía siempre la idea de que un día me iba a ir de aquí, porque yo no pertenezco aquí. No es el espacio que quiero para mí”, relata Yolanda sobre la decisión de migrar de Apurímac a Cusco y de Cusco a Lima. Migrar fue un proceso de “romper cadenas”, vicios y patrones, según comentan ella y su hijo.
La música siempre fue una válvula de escape para todos sus problemas en su tierra natal, pero no dejó de acompañarla cuando llegó a la capital. Ella recuerda que le chocó encontrar, en Lima, una escena tan fragmentada entre géneros. “Es aquí que siento la exclusión y que se dividen las cosas. De donde vengo no hay esa división”, reflexiona.
Desde niña se influenció por la música, no solo la local sino también la latinoamericana. Y todo eso derivó en su propuesta musical: mantenía las cuerdas y el lento pesar de los géneros andinos, pero combinándolos con instrumentos más nuevos como el bajo.
Lenín nació a los dieciséis de Yolanda y, desde entonces, se impregnó por toda esa búsqueda de fusión. La acompañaba a sus conciertos, la veía mantener una esencia folclórica sin dejar de lado el bajo eléctrico o la batería acústica. Y con el pasar de los años, él también quiso intervenir.
En su casa ponían de todo: rock ochentero, trova argentina o tecno noventero. El k-pop llegó tiempo después, como un refugio en épocas difíciles de su adolescencia. Ese bagaje, que ya venía acumulado con el de su madre, bulló en su cuarto año de universidad, en una pequeña decisión de cantar en un concurso y en la circunstancia tan particular de ganarlo.
Poco a poco fue subiendo sus canciones a plataformas digitales. “No le puse etiqueta. Para mí sigue siendo música andina. En ese momento ni siquiera sabía que se iba a llamar quechua pop”, reflexiona Lenin.
El sonido fue madurando, el q-pop se volvió sinónimo de su nombre. En sus canciones no solo mezcla idiomas, sino que también hace referencias claras a la cultura andina, como la festividad del Inti Raymi. Y como si no le bastara conquistar corazones de fanáticas jóvenes y mayores, también ha logrado mostrarlo en una vitrina internacional. Hace tan solo unos meses firmó con HYBE, sello discográfico de BTS.
Esa búsqueda por moverse y pertenecer de Lenín y su madre, vienen de Teresa, su bisabuela. Ella se quedó en Abancay, pero su relato en quechua, de un animalito que tuvo que salir de su tierra para volar, trascendió para siempre para ambos, y hasta se concretó.
Las tradiciones y relatos generacionales son una constante en las propuestas de pop andino. “Mi bisabuela era guitarrista. Nos tocaba la guitarra. Mi mamá, mis tíos, todos en realidad, siempre tuvieron afinidad hacia la música ayacuchana y de acá, del Valle (Junín)”, comenta Ailis Blue, artista que está experimentando con sonidos, melodías y armonías oriundas de su natal Huancayo, y mezclándolas con sintetizadores y un sonido pop.
“En reuniones familiares, es costumbre que alguien cante o toque la guitarra y comienzan a hacer una rueda de música”, agrega. La influencia la acompañó desde casa y no tardaría en esparcirse en su carrera musical, la cual había comenzado con un tinte más de R&B e indie rock. El fallecimiento de su abuela Blandina, durante la pandemia, fue el punto definitivo para buscar un sonido más oriundo.
Sus raíces, de Junín, Huancavelica y Ayacucho, se mantuvieron fuertes en ella incluso cuando, al terminar la secundaria, se mudó a Lima durante cinco años para estudiar en la Escuela de Bellas Artes. “En las primeras clases que tuvimos, nos mandaron a hacer un mapa de dónde venimos y, a partir de ahí, generar algo. Muchas personas que vivían en Lima no sabían realmente de dónde provenían. Habían perdido el conocimiento de su descendencia, de su arraigo. Yo lo tenía demasiado presente”, recuerda.
Renata Flores también vivió rodeada de música tradicional en su familia. Sus abuelas siempre se la cantaron. Sus tías abuelas tenían un proyecto de sonidos andinos. Y si bien sus padres también incursionaron en géneros más contemporáneos, no olvidaban las raíces y escuchaban música fusión, como la banda de rock Uchpa.
Por más que ella se ha quedado en Ayacucho hasta el día de hoy, percibe cómo las raíces culturales también son relegadas en la misma región. “Cuando estaba en el colegio no nos enseñaban quechua”, relata. Sus dos abuelas, Julia y Ada, hablaban este idioma pero entre ellas, como en una especie de lenguaje encriptado. Esa curiosidad la llevó, a los 14 años, a meterse a clases para aprenderlo. Y ahí empezó todo.
Empezó con covers en quechua de artistas conocidos, como Michael Jackson o Ariana Grande, en una asociación cultural. La chispa de la fusión detonó en ella cuando empezó a escuchar más blues y soul con canciones de Nina Simone. Su camino también la condujo al rap más latinoamericano, como el de Canserbero, y a la música peruana fusión, como la de Damaris.
El disco Isqun (2021) fue su consagración definitiva en su estilo. Su rap en quechua impactó en los jóvenes y la colocó dentro de las 50 mujeres poderosas del Perú, según Forbes. Ahora sus abuelas, quienes habían aprendido español a la fuerza y con quienes ya habla en quechua, la miran orgullosa en sus conciertos y videoclips. “Tal vez si cantaba huayno u otros géneros tradicionales no hubiera tenido el mismo impacto”, admite Renata. Para ella, en la fusión estaba el reto de traer de vuelta la tradición olvidada por las constantes migraciones.
No es la única que ve a la fusión con ojos al futuro. Lenin va a un punto similar: “Nuestro ADN está programado para resistir. Y para resistir hay que amoldarnos. En nuestra sangre está programada la fusión”.